
En Cananea y Nacozari, el cobre no duerme. La tierra se abre, la roca cruje y el metal fluye. Pero no se dirige hacia Texas ni Arizona. Va directo al Pacífico. Va a China, a Japón, donde se paga mejor, se refina y se consume.
Mientras Donald Trump lanza un nuevo golpe arancelario a este metal, México permanece inmóvil. No por indiferencia, sino por cálculo, porque el castigo le afecta poco.
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